No existe carrera más dura en el mundo del ciclismo que esta clásica de un día. Cualquiera que haya participado puede dar fe de ello: enseñando cicatrices y huesos marcados por los 300 kilómetros de adoquines, barro y sufrimiento que componen 'La clásica de las clásicas'. Sobrenombre que junto a los de 'El infierno del norte' o 'La última locura', definen esta barbaridad llamada París-Roubaix.
Considerado el más duro de los cinco monumentos del ciclismo , desde 1896 la carrera ha tenido 107 ediciones, ya que se vio interrumpida en los años de las dos Guerras Mundiales. La dureza y singularidad de este evento hacen que los primeras espadas del pelotón no suelan aparecer entre los participantes y, menos aún, entre los vencedores. Suele ser una carrera que la gana el que se prepara casi exclusivamente para ella.
Naces, creces y haces historia
Los empresarios de la localidad de Roubaix Théo Vienne y Maurice Perez le proponen, a finales del siglo XIX, al director del diario 'Le veló', Paul Rousseau, la creación de una carrera que sirva de preparación para la, entonces más famosa, Burdeos-París. Así, un 19 de abril de 1896, se da la salida a la primera 'última locura'. A lo largo de su historia la salida de la carrera ha tenido lugar en diferentes puntos de los alrededores de París como Bois de Boulogne, en esa primera edición, Compiègne o Chantilly, entre otros.
Echando un vistazo al palmarés, pocos son los nombres realmente grandes de este deporte que podemos encontrar. Bernard Hinault, con una victoria, y Eddy Merckx, con tres, son de los pocos 'campeonísimos' que se encuentran entre una lista de vencedores que domina el belga Roger De Vlaeminck, con cuatro triunfos (1972, 1974, 1975, 1977).
La dureza hecha carrera
Echar un vistazo a la línea de meta, situada en el velódromo de Roubaix, a la llegada de los ciclistas, da la sensación de estar presenciando la vuelta a casa de un ejército vencido. Los cuerpos (cubiertos de una mezcla de sudor, barro y sangre) desprenden ese aura de orgullo que da haber llegado al final de una batalla a la que sólo sobreviven los mejores.

No es el desnivel lo que convierte la París-Roubaix en un infierno, ni la época del año (segundo domingo de abril), en la que el norte francés se encuentra casi a diario anegado por la lluvia, ni los más de 300 kilómetros de carrera. Es el terreno, ese pavés que se embarra y se vuelve resbaladizo como el hielo. Más de 50 kilómetros de este pavimento que suelen hacer que la mayoría de los ciclistas acaben dando con sus huesos en el suelo.
El Bosque de Arenberg, el Carrefour de l'Arbre y la zona de Mons-en-Pévèle, son los tres tramos de pavés calificados de cinco estrellas, cuyos 2'4, 2'1 y 3 kilómetros se han cobrado unas cuantas víctimas a modo de huesos rotos y astillados. Un canto al ciclismo puro, esta París-Roubaix, al que sólo pueden enfrentarse los más duros, fuertes y resistentes ciclistas. Una carta de amor a este deporte que, sólo con terminarla, justifica nuestro paso por este planeta.